lunes, 3 de marzo de 2014

Tríptico de una pasión - última parte



Tríptico de una pasión

III.
Todo se volvió gris plomizo
cuando el correo resbaló,
y dejaron de llegar las cartas
de amor desde  aviación,
ella sola en su habitación,
él solo en su destacamento,
y un muro levantado por culpa
de la maldita incomprensión.   
Romeo y Julieta les aportaban
la lucidez de su amor inmortal,
mientras leían y releían,
soñaban con poderles imitar
aunque los chuzos de punta
cayeran desde ultramar.
Ella soñaba con cruzar la mar,
él incluso estaba dispuesto a renunciar,
a una carrera en el ejército,
 pero a su lado poder comenzar
una vida siendo protagonistas
a pesar de lo que dijeran los demás.
No dieron tregua alguna a su amor,
pues hay errores que no tiene perdón
y decisiones que no pueden esperar,
hoy después de 50 años de casados
por Melilla y Almería se pasean por igual.

Tríptico de una pasión - segunda parte



II.
Por Melilla la Vieja ya comenban,
el modo en que un joven militar
cortejaba a una joven de la ciudad,
hablaban, cuchicheaban, reflejaban
con palabras la incipiente amistad
que el legionario había cimentado
con la sobrina-nieta de Mustafá,
lanzaban al aire elogios frescos
que sonaban a versos de verdad.
Decían que el almeriense era noble,
si entre mujeres andaba el juego,
pues tenía carrera de ingeniero,
y pretendía quererla sin piedad,
haciendo de su vida un rosario
de hechizos en la intimidad.
El primer beso que se dieron,
fue en el Antiguo Cine Monumental
a bordo de una patera de ensueño
pues los tuvieron que desalojar,
y muy nerviosos y sonrientes
hasta el Faro se dirigieron
para con luz sellar su amor,
una luz que anunciaba un destino,
un destino que titulaba desazón.



(segunda parte)

Tríptico de una pasión (primera parte)



Tríptico de una pasión
I.
Bruma, otra vez bruma
en mi corazón vacío
pero lleno de tibia espuma,
preso de dominios perdíos.
Cada travesía te busco
entre la multitud bereber,
como pincel encuentra el lienzo
de un encuadre partío,
entre dos aguas estamos
hermanados hasta la muerte.
Aunque mi familia no apruebe
y mientras la tuya lo ignore,
vivamos nuestro amor sigiloso
que no entiende de fronteras,
ni de barreras, ni de leyendas,
y amémonos frente a las cuevas
del Conventico, una vez semanal
cuando arribo a tu alma,
entre tus besos quisiera descansar,
establecido ya quedó el refugio
de dos almas fundidas en cal,
sin miedo a poder naufragar
entre las fauces del desconsuelo
cuando arrecia entre ambos el miedo,
un triste final para nuestra verdad.


(primera parte del tríptico)
El escritor paciente

Poema - La duda




Qué verán tus indefensos ojos,
cuando atravieses el túnel,
si el cordón es la puerta,
un nuevo mundo aguarda detrás.

Qué palparán tus inexpertas manos,
cuando solo aire puedan recoger,
si las prisas no son buenas
consejeras en el arte de fenecer.

Qué olerán tus dos coanas,
cuando atrofiadas quieran dormir,
y decididas piensen dar la espalda
a aquella forma inhumana de vivir.

Pero qué degustará tu tímida boca,
cuando sellada quede al partir,
hacia una cata de vida y muerte,
un panorama agreste y hostil.

 
Cómo recogerán sus maltrechos yunques,
tanta cobardía envuelta en palabras,
ecos que desde la lejanía,
anuncian momentos agónicos sin fin.

Por ello estira el inelástico tiempo,
que no vuelve por sus viejos fueros,
porque enseña sus cartas sincero
al futuro padre: “la vida no es sueño”.

Pues, si indolente, me evado de todo
lo que me llueve de prestado,
quizás tras la tétrica nebulosa
imagino su rostro inocente,
balbuceando su nombre, respiro
por cada segundo de su vida,
por cada brizna de aire que golpea
su cabeza que ahueca bajo un ala,
que no es tan ancha como parece,
aunque evita que se empape,
que no comience a sofocar el aire,
cuando duerme plácida en su sueño.


Sueña entre bambalinas de horror,
cómo decantar tanta barbarie,
dejando un poso de humanidad,
un vino que embriagara de amor.

Sonríe buscando el consuelo,
entre gente que ansía la muerte,
procurando insuflarla ligera,
acordonando el cuello del inocente,
traicionan sus propios principios,
los arrinconan tras su mortal velo,
que los vuelve invisibles al dolor,
los catapulta hacia un fin devastador.

Cambia el gesto por sobresaltos
que logra identificar serena,
agudizando su ingenio primerizo,
pues ya conoce el ruido de cadenas
que aprisionan almas débiles
y libres, que son de nuevo compradas,
por la necesidad extrema del deber
o por la lasciva codicia del poder.      


Y cuando, sudoroso despierto del sueño,
sigo teniendo la dolorosa sensación,
qué mundo le espera tras los visillos,
aún no sé si privarla de ese maratón.