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sábado, 28 de septiembre de 2013

Escaramuzas de una pluma solitaria (1)

Hubo en una ocasión un célebre escritor que se resistía al uso de las nuevas tecnologías, y por ello aún seguía comprando tinta azulada en una pequeña librería de barrio, para alimentar una pluma muy, muy antigua, con un plumín dorado y con un émbolo que no dejaba dudas de su precisión neumática, pues soltaba la misma cantidad de tinta, independientemente de si el escritor estaba contento o estaba furioso, y almacenaba sus sueños, golpeteando el plumín sobre un papel absorbente de ideas y de historias.

Un buen día de un invernal septiembre, el escritor tomó una decisión, debido a la insistencia de sus familiares y amigos. Se atrevió a comprar un ordenador moderno, con una manzana como logotipo y con un enjambre de cables, que asustaban a cualquiera, incluido el propio vendedor informático, tras anunciarle el advenedizo comprador, que solo, solo lo usaría para escribir.

Tras esta confesión a media voz, el dependiente listó una retahíla de incenvenientes que esto podría traerle, asi como de la inversión tan nefasta que estaba realizando, mientras apretaba el ON y se disponía a configurar el software de un escritor indefenso ante tanta tecnología.

 (continuará).



 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Versos decantados

Si tuviera que elegir un vino,
preferiría que cuerpo tuviera,
que en boca no desentonara,
que en nariz me derritiera.

Quizás un buqué suave,
sumiller de sus caricias
siendo aprendiz en amores,
cata a ciegas en sabores.

Amalgamados abrazos sinceros,
que maridan sin sobresaltos,
excelente añada la del 78,
un vino de solera cuenta 35 años.

Copa de borgoña al viento,
su pelo en perfecta armonía,
ecos me vienen desde la lejanía,
recordando una novia, contento.

Aunque no crea reconocerlo,
su amor fiel siempre oxigena,
como el suave paladeo
de cítricos y de maderas.

Pero detengámonos en la bodega,
que retiene la historia familiar,
de una princesa coronada reina,
de una luchadora mujer sin igual.

Toneles de amor almacenado,
buscando un enólogo atrevido,
que solícito pidió humilde trabajo,
anhelando extraer mucho partido.

Un sueño desde niño fue dibujado,
tener como fiel compañera,
una buena tierra o un campo,
y si se puede, también enfermera.

Una mujer que madura con primor,
de un día festivo de San Isidro,
requiere de todos los mimos,
como las uvas garnachas piden sol.

Pero no destilemos emociones,
que ella ya llora maestrante,
cuando aprecia que se descuidan
los mimos, las caricias, los detalles.

Pero hoy estamos de estreno,
un comité científico bien ha valorado,
con esmero sus enfermeros trabajos,
para un certamen internacional, ni más ni menos.

Sigue siendo nuestra referencia,
cuando de vinos y de inyectables se trate,
cuando entregas siempre la evidencia,
tu amor nunca ha sido cobarde.

Celebremos siempre con tu presencia,
un feliz aniversario en la bodega,
de una embajadora de sueños,
de una hacedora de sustentos.

Gracias por tus destilados besos,
gracias por tu maridaje perfecto,
gracias por tu excelente bodega,
de amores que no tienen precio.

Felicidades, mi feliz bodeguera,
         Tu enólogo
         15/V/2013







miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Sueño o pesadilla?

Durante la última luna llena, un espasmo me provocó un gemido. No podía abrir los ojos y quizás la luz me cegaba sin ver. Por más que lo intentaba, ninguna fuerza sobrenatural pudo levantar mis párpados cansados. Y me giré en la oscuridad y allí no estaba ella. Su silueta aún permanecía caliente y su olor podía olerse en medio del vacío, sobre un auténtico caos.

Mi analgésico me había abandonado a mi suerte...¿o quizás, a mi muerte? Aunque lo único cierto es que no podía abrir lo ojos, esa noche comprendí que ya no podría abrir su caja fuerte, esa que como una losa, se cernía sobre los cimientos de mi desesperada soledad.


Juanjo Argudo.



jueves, 25 de julio de 2013

El maestro relojero

Cuando lea estas palabras, puede que no le queden ganas de mirar de soslayo su muñeca derecha, y ver qué hora marcan las manecillas, debido a que el tic tac se hará muy largo en el lugar donde fue a jugarse su última carta. Cada uno puede decidir si va a ir de farol o bien, con la mano que lleva, intentar sacar el cuello del agua que oprime el externón y a su vez los pulmones, agotando las reservas aéreas de un jugador inexperto en lides relojeras.

El caso comenzó con un buen trabajo de planificación. No debía de usar mis armas secretas, hasta que no fuera estrictamente necesario. Todo se encontraba milimétricamente detallado en el dossier de 100 páginas que redacté, con anterioridad a la operación "secreta" que se cernía sobre una mancha existente en Puerto Banús, una mancha que duraba mucho tiempo, y que era conveniente y necesario borrar de una forma limpia y excelsa. Con un grupo de ocho agentes, más apoyos logísticos - tanto profesionales como civiles - nos disponíamos a derrocar a la mayor banda de falsificadores de relojes de lujo de Europa occidental.

El reclamo en estas jugadas de ajedrez es crucial. Y en esta ocasión y por unanimidad, fui elegida para atraer la atención del jefe de la banda. Un escultural cuerpo amasado en muchas horas de gimnasio fue el pretexto de mis compañeros y compañeras, para que el solícito falsificador cayera en una trampa efñimera, así como mi nivel de alemán y de inglés, mezclado con el francés y el italiano. Era la perfecta diana de un dardo que debía de dar en el centro.

Y el dardo fue lanzado un caluroso día de julio. Durante la mañana, solía darme baños en el agua salada, paseando mis curvas con chapa oficial, por las narices de un tipo frío y tranquilo. Aunque todo cambió cuando coincidimos en las puertas de los servicios, en un chiringuito playero. Ahí saqué a relucir todas mis artes.Y todo comenzó con un What time is it, please?

A partir de ese momento, nuestra charla derivó en tipos de movimientos, calibres, materiales, coronas, alternancias, etc. y juraría que el nivel de mi oponente era considerable. Y entonces me fijé en su muñeca derecha y él me brindó la posibilidad de acercar dicha pieza a mi experta retina.

(continuará......)

S.O.S

Desde la altura no podía divisar su rostro, pero se afanaba en el trabajo que estaba realizando. La divisé entre olas y arena, con las manos manchadas de barro, cual alfarero en su taller, haciendo de su vida un continuo dechado de sacrificio y sudor. No le importaba que la gente pasara a su alrededor y apartara la vista de aquellos rizos descuidados, agrupados bajo una banda elástica de color negro, a juego con su vestido húmedo como la espuma que le refrescaba desde los tobillos hasta las nalgas, penetrando en un jardín de fantasía y ensueño. 

Al realizar los surcos sobre la arena, levantaba al aire su pedazo de barro líquido aún, sin compactar, sin apelmazar, mostrando un jirón de vida que va a ser pegado a un lienzo inabarcable. De repente, cuando volaba a menos altura y apagaba el motor, pude comprobar que canturreaba una vieja canción de los Beatles a voz en grito, e intuí que aquella composición arquitectónica de arena y agua, aquellas curvas realizadas sobre una arena de una playa cualquiera, pronosticaban un pasado turbio y complicado. 

De repente, se quedaba con la mirada fija en los paseantes ataviados con bañador, bolsito y gafas de sol, que cuidaban no pisar aquella magnífica y exhuberante creación artística. Entonces, les lanzaba un ¡¡¡¡¡buuuu!!! y estos daban un respingo, agarrando de los brazos a los niños nerviosos y acelerando el paso, para huir de aquella aparición nocturna que se había adueñado de la playa más concurrida del litoral costasoleño, provocando un verdadero caos en ambas direcciones del tráfico matutino.

Cuando pude aterrizar, después de terminar mi ronda publicitaria a lo largo de la franja marítima, me dirigí al punto que había focalizado mi atención desde las alturas. Casi sin quererlo, me caí en un socavón que había en la arena, y cuando recobré el conocimiento me encontré rodeado de gente, que gritaba ¡¡socorro!! mientras avanzaba a través de un pasadizo excavado en la sedosa arena. Entonoces, mientras que la policía situaba al final del mismo una escalera, otra pareja policial se llevaba a la artista playera, atendiendo a su demanda. Y al salir a la superficie, pude comprobar que un majestuoso SOS se había excavado en la arena, y en ese momento, me vino a la mente la canción que tarareaba la mujer extraña, cuando era conducida hacia el paseo marítimo, "Help, I need somebody, help....".

En ese momento comprendí que la vida nos trata de forma desigual, tras haber sido informado por un agente amigo que la artista de arena, era en realidad una de las mayores brokers de la bolsa londinense, y que acumulaba unas ganancias, solo en este año, de unos 100 millones de euros, pero que tras descubrir una infidelidad de su marido, viajó hasta Málaga convencida de que podía recuperar su viejo amor, persiguiendo un sueño. Pero ese sueño se esfumó, porque quien ella creía que era su marido era otra persona disfrazada, la cual le entregó una nota que decía,  "El amor no se puede comprar".

sábado, 27 de abril de 2013

LA ÚLTIMA LLAMADA



El regio comedor inspiraba una casona palaciega, aunque la humedad había devorado cuadros flamencos, tapices del XVIII y bustos romanos, la estructura conservaba el aire dieciochesco, pero con una biblioteca de madera sin libros, un salón de baile sin música y un comedor de gala sin gente a la que agasajar. Sólo estaba ella, situada al fondo de la mesa de roble con incrustaciones de marquetería y piedras preciosas diminutas, y una sombra de fidelidad, su mayordomo fiel. Andaba revolviéndose en su sillón almohadillado estilo imperio, con figuras a relieve en los extremos de los brazos y en el copete del respaldo. Quizás fuera la única noche en su vida que tuvo hambre de verdad, y tocaba la campana de porcelana insistentemente.

El sonido reverberaba en el enorme comedor, que se extendía a toda la casona, produciendo un eco amenazante a los oídos de su destinatario. El mayordomo escuchaba aquella solícita llamada, y a pesar de que su corazón le dictaba que había llegado el momento de abandonar el barco y dedicarse a su familia, su razón equilibraba la balanza construida con los años, las canas y la lealtad, rogándose que retrasara aquella decisión un tiempo. Mientras sometía a debate sus pensamientos, dirigió sus pasos acolchados por la tarima hacia el tintineo incesante.

Cuando se halló frente a la anciana, ésta le ordenó que se sentara a su lado. Sin atisbo de duda, como era costumbre ante las indicaciones recibidas durante toda una vida, tomó asiento a su diestra y miró de soslayo a la culta, pero huidiza mirada de la señora. Al parecer, no era hambre lo que tenía sino necesidad de hablar. Un asunto muy serio. Una herencia. Tras despojar la palaciega residencia de todo cuando tenía valor, la señora Neus van Meier sabía que las paredes de su sueño no podrían ser arrancadas de su alma, y que su pluma dictaminaría quién recibiría aquel monumental legajo.

Con unos hijos más preocupados por amueblar su ambiciosa codicia y deseosos de que la anciana madre hiciera testamento, la condesa rompió a llorar frente a su fiel escudero durante más de medio siglo. Estaba decidida. Su amistad y su fidelidad debían ser correspondidas. Y le entregó una hoja de papel timbrado, con una firma en su pie. La residencia Neus van Meier fue cedida de forma usufructuaria al mayordomo, hasta que los vientos del norte recojan a la venerable señora, doctora en Historia, ex profesora en Harvard y propietaria de una de las mayores bodegas de Borgoña en Francia, ahora comandada por su hijo mayor, Frèderic.

Cuando el empleado leyó aquel documento, las lágrimas brotaron con insistencia, igual que la llamada que había recibido unos minutos antes. No podía creer lo que significaba aquel documento que estaba en sus manos, le aseguraría el futuro, no sólo a él, sino a su hija Dorothy y a su nieto, Johan. En ese momento, dejó el papel sobre la robusta mesa, y abrazó a la profesora jubilada. Aquel íntimo contacto, el primero y el último que tuvieron el empleado y la condesa, hizo que la señora se ratificara en su decisión. Y tras secarse las lágrimas, con su servilleta de hilo con sus iniciales,  S. NvM., bordadas en la esquina inferior derecha, solicitó un vaso de agua a su abnegado y ahora inmensamente rico, mayordomo. Una vez llenó la copa, de cristal de bohemia con el palacio serigrafiado al ácido en su panza, con agua de Evian, se retiró agradecido por el gesto de la condesa, hasta la mañana siguiente, deseándole una feliz noche. En ese momento, y tras retirarse Marcelo, los polvos de una cápsula extraída de un doble fondo del vestido fueron disueltos en el agua francesa, hasta que un color blanquecino se apoderó de la copa tallada. Con un trago largo, la condesa apuró su vida.

A la mañana siguiente, el mayordomo la encontró con una sonrisa plácida, desplomada sobre su sillón preferido, con la vista perdida mirando los rescoldos de un fuego que, no hacía mucho tiempo, había sido de lo más reconfortante, hipnótico y embriagador. Sobre la alfombra persa y junto al sillón, su último informe médico. Un tumor, que la devoraba por dentro en soledad, no pudo avanzar, pues al palpar el interior de la muñeca derecha, no había signo de latido. Cerró con suavidad y cariño sus preciosos ojos verdes, deseándole un buen viaje, y maldiciendo porqué las buenas personas como Sophie, viuda del conde William Neus van Meier, debían despedirse sin el adiós de su familia, mientras se secaba las lágrimas por segunda vez en sus casi setenta años de vida.
                                                    Juan J. Argudo 

(primer relato de Sueños decantados)