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lunes, 2 de mayo de 2022

SEGUIRÁ LLOVIENDO

 Seguirá lloviendo…a pesar de que el horror de la guerra lo tiñe todo de negro muerte, de negro miedo, de negra oscuridad, de negra ansiedad, de negro futuro robado.

Seguirá lloviendo…mientras quede un solo árbol sobre la Tierra, mientras despunte el primer rayo de Sol, mientras el agua pura pueda limpiar las heridas y borrar los malos recuerdos.

Seguirá lloviendo…a pesar de los que se empeñan en separarnos, a pesar de aquellos que quieren apropiarse de la memoria, de mis cariños, de tus besos, de mis caricias, de tus consuelos, de mis olvidos, de tus desvelos, de mis esfuerzos…porque siga lloviendo amor.

Seguirá lloviendo…mientras un bebé necesite tu leche, mientras una niña requiera tu consejo, mientras una madre baje hasta los infiernos para rescatar a su hijo desolado, mientras esa misma madre llore por los cuatro costeros cuando su hijo hace la primera comunión y luego sufra por los primeros amores, las primeras evaluaciones, las primeras decisiones,…para una madre, todo se convierte en primerizo...porque siempre quiere acertar.

Seguirá lloviendo…cuando aprietes su mano tierna y broten lágrimas de ternura, cuando entregues un beso y recibas cientos, cuando robes un abrazo y te condenen a devolver miles, y siempre que no esperes que llueva… seguirá lloviendo.

Seguirá lloviendo…porque si no lloviera…la luz se apagaría, la Tierra se secaría…los corazones se arrugarían…y quizás, en ese preciso momento,  nada tendría sentido.

Seguirá lloviendo…como lo ha hecho siempre, a pesar del cambio climático, a pesar de las chimeneas de odio, a pesar de las emisiones de ese gas tóxico denominado envidia, a pesar de las invasiones pueriles, a pesar de los agujeros negros de rencor,…nada podrá impedir que nos empape esa lluvia del amor desinteresado, de ese amor desdibujado, pero ese amor entregado en cuerpo y alma a todos los que quieres. A todos los que forman tu galaxia…a todos los que te hicieron como eres…a nuestras madres, pero también a nuestros padres…ellos también forman parte de ese espacio y de ese horizonte.

Seguirá lloviendo…porque no hay límites al amor, porque no hay límites al corazón…porque mientras esa lluvia nos empape…no habrá toalla que nos pueda secar…no habrá motivos para secarnos…ese es nuestro mayor regalo.

Felicidades A TODAS LAS MADRES. 1 mayo 2022

domingo, 2 de mayo de 2021

Mientras siento su abrazo

 

Mientras despunta el día, con el suave murmullo de los pájaros ilusionados por el concierto al que nos acostumbran cada primavera, en esta primavera extraña suelen responderse en un código que no logro descifrar, lanzan tibios mensajes que rebotan en mi mente como un martilleo continuo o como un redoble de campanas, un teñir que me hace soñar aunque estoy despierto, con una extraña y lejana, pero a veces repetida, pesadilla. Que mi madre vuelve a abrazarme y cuando recorro los metros que nos separan, se esfuma como gotas de rocío sobre un cristal, dejando mis brazos abiertos, pero sin ser correspondido… ¿seguro, pienso cuando me lavo la cara y vuelvo a la cama?... ¿estoy seguro de no haber recibido su abrazo tierno?

Su último abrazo, que fue siempre como el primero, me trajo aromas de lavanda y de jazmín, ecos de nardos y azahar, anunciando ese abrazo una primavera eterna y un amor inigualable. Y cada vez que me acuerdo de ella, mientras alguna lágrima furtiva – aria que cantara magistralmente Alfredo Krauss – se escapa hasta la comisura de los labios, un elenco de sabores, aromas, sensaciones, escalofríos, recorre cada recodo de mi alma…y allí aparece su sonrisa dibujada en forma de abrazo perpetuo, en forma de beso perenne, que no se cae de los labios – como las viejas hojas de los árboles caducos – que permanece inmaculado y lleno de vitalidad, lleno de amor, relleno de generosa y amable dedicación, de entrega, de sacrificio, …

Sabores que ahora no se suelen solicitar en confiterías de moderna compostura…olores que reconfortan, olores que saben a lealtad, olores que llevan aparejado a una vieja red de pesca, el sentido de responsabilidad, el cebo del compromiso, y sobre todo, mientras que las floristerías desprenden versos nuevos de especies cruzadas para atraer a los advenedizos para cubrir un expediente, esos olores maternales no se olvidarán jamás. No se podrán reproducir en laboratorios clandestinos, no se podrán replicar en virus nuevos, y sobre todo, no mutarán…nunca podrán mutar el amor y la pasión con que una madre se entrega desde el primer segundo hasta el último minuto de su azarosa vida. Y ese amor – imposible de copiar ni hackear – se desliza por tu piel cubriéndola con el manto de la verdad. Con el manto de sinceras y verdaderas palabras…que – como capa de armiño – refresca tu piel y te hace sentirte como un Rey. Así me sentía yo. Y Así me sigo sintiendo cada vez que la recuerdo, cada vez que aquellos viejos aromas me recorren la médula – desde la cabeza a la punta de los dedos de los pies – y hacen que me sienta vivo, porque ella hizo el milagro más grande…hacéis el milagro más grande…DAR VIDA y sobre todo…RELLENAR DE ESA CREMA ESPECIAL A VUESTRO MILAGRO….que es vuestro hijo, que son vuestras hijas…

            Por ese motivo, mi dedicatoria a todas las madres, porque hacéis encaje de bolillos, multiplicáis los brazos, los abrazos, los pasos, miles de pasos diarios detrás de un pequeño milagro que va creciendo, que va demandando nuevos milagros, nuevos conocimientos, y mientras embadurnáis de esa crema a vuestro vástago, seguís aprendiendo…seguís creyendo que se puede…que la vida es dura, a veces dolorosa y trufada de miedos, desasosiegos, pero cuando ese milagro va cumpliendo años, y se hace adulto, y con el paso del tiempo hace sus propios milagros, … y una madre de verdad se mira en el espejo y se dice…qué orgullosa estoy de que ese sueño convertido en milagro y dos lágrimas se deslizan al unísono, a coro, y corren a abrazar a esa madre coraje que sin tenerlo previsto – y también llora con ellas – piensa que la vida le ha sonreído, que la vida ha sido generosa con ella. A pesar de todo lo vivido…

            Esos abrazos ya no se olvidarán, los sacrificios se apagarán en las brasas del olvido, los quebraderos de cabeza volarán y volarán subidos a un globo manejado por alguien allá arriba en las alturas – aquellos que hicieron el último viaje y que aún así siguen en un desvelo permanente por sus milagros que dejaron en la Tierra –, los problemas tendrán una solución enviada desde el más allá por correo electrónico, y quizás la tecnología que ahora nos ayuda, solo sea un vago recuerdo porque los sabores, los aromas, los abrazos de siempre, siempre reconfortarán a quién sepa reconocer todo el mérito que tenéis, todo el arrojo que desprendéis y sobre todo, el inmenso amor con que regáis vuestras plantas, y a quién se acerca a su sombra…

            Espero que cuando me toque hacer ese último viaje en ese globo, los hilos los mueva una madre que siempre, siempre, me cuidó con el suave y relleno dulce de amor perpetuo.

            Felicidades y espero que desde este día, esa crema rebose para siempre…

                        Con mi amor eterno a mi madre, Juanjo Argudo.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Un mar en llamas


Los primeros rayos de sol atravesaron la estancia desparramándose traviesos en su reposada cabeza. Quería llorar pero sus ojos no podían. Quiso gritar pero su garganta no se lo permitía. ¿Cómo se comunicaría con los demás? ¿Cómo defenderse de lo que escuchaba? Absorta en los pensamientos, que afloraban como setas en pleno mes de noviembre en aquel jardín de veinte metros cuadrados, su memoria cabalgaba a la velocidad del aire para regresar al momento presente, cuando su corazón bombeaba más fuerte para evitar que fuera acusada injustamente. Nunca tuvo ningún pleito con la justicia. Nunca hizo mal a nadie. Tan solo estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado. ¿Cómo pudo entrometerse? Confiada en su viejo instinto de policía casi retirada, supo en el acto que aquella noche de sábado era distinta a las demás.  Una hora antes había terminado de cenar en un restaurante sencillo de la calle 52 con la 8ª avenida, cerca de Columbus Circle, con unos amigos del gimnasio. Una cena improvisada y sencilla sin estridencias con amigos de verdad. Y tras los postres y el brindis de rigor con champán importado, se había despedido argumentando que regresaría a casa para descansar. Paseando como de costumbre hasta su pequeño apartamento a un par de escuadras, una música rítmica y pegadiza salió a su encuentro de un club cercano. Conocía el jazz pero no era experta para distinguir si quién tocaba pudiera ser John Coltrane o Miles Davis. Atraída por el saxo y curiosa por el piano, Alice fue secuestrada al momento por aquella melodía tan neoyorkina. Birdland, que así se llamaba el club en honor a Charlie Parker, indicaba el cartel de grandes dimensiones encima de la puerta, con 7 peldaños de escaleras que daban el acceso al sótano y al territorio jazzístico por excelencia. Tras una mágica jazz session y rodeada por el aura de la música de Charlie y de Miles, ascendió los mismos peldaños sin dificultad y casi flotando. Justo en el momento en que giraba la esquina más cercana en la calle 44, un hombre atacaba con fiereza a una mujer que intentaba defenderse bajo un abanico de golpes y de agravios e insultos. Décimas de segundo después, Alice ya estaba separando a la mujer de aquella bestia  infame que exhalaba odio e ira cuando un golpe contra el bordillo dejó a la policía inconsciente. Zafándose la mujer maltratada, el agresor salió corriendo con una brecha que goteaba sangre de una herida que había evitado la tragedia. La mujer ultrajada sacó su teléfono y avisó a emergencias. Unos minutos después una camilla recorría la séptima avenida aterrizando unas manzanas más tarde en el Hospital General del Midtown, siendo recogida por la doctora Brooks del Servicio de Urgencias. Tras realizarle un TAC a la veterana policía, la mujer agredida denunciaba los hechos mientras que la vida de Alice, sobre una camilla grave, se alejaba de este mundo.

Tenía que haber cenado con ella aquel día. Tenía que haber evitado la tragedia. Cenábamos juntos en Cipriani cada sábado y solíamos dar un paseo desde Lexington Avenue hasta Bryant Park por la calle 42, donde nos sentábamos cerca de la biblioteca pública de Nueva York, pero aquel sábado todo fue distinto. Un pequeño incendio en el apartamento que compartía con mi novia me retrasó de forma irremisible. Tuve que llamarla para posponer nuestro encuentro. Tuve que llamarla para que supiera cuanto la quería. Un mar en llamas era mi corazón cuando recibí la llamada de la policía. En un mar en llamas estaban las cuatro paredes que sostenían y protegían mis sueños de arquitecto. Hubiera preferido que ardieran mis sueños y mis maquetas que haber faltado a la cita con mi madre. Hubiera preferido morir a dos manzanas del Birdland protegiendo a mi madre. Hubiera peleado hasta la extenuación si con ello la volvía a abrazar.

¿Cómo podía ayudarla ahora? Sentado junto a la cama y apretando su mano con mis manos aún con restos de ceniza, una lágrima se deslizaba por mi mejilla sin dejar de pensar en los momentos compartidos con ella, desde que mi padre nos abandonó siendo un niño de 6 años. Cómo luchó por sacarme adelante, cómo peleó contra los mejores por ser la teniente de policía más condecorada. Su mirada orgullosa detrás de sus gafas de montura al aire cuando citaron mi nombre segundos antes de graduarme. Cómo cocinaba en el pequeño pisito de Brooklyn por la mañana, mientras hacía turnos de noche en la policía. Cómo me abrazaba tras mi primer proyecto en una pequeña escuela de Queens el día de la inauguración.

Mientras que salía del coma lentamente, supe que no querré a nadie como a ella. Mientras que salíamos del hospital, dos semanas más tarde, supe que era mi ejemplo y mi guía. Mientras que el taxi atravesaba Manhattan, aprendí mordiéndome la rabia, que lo que mejor se puede heredar en la vida es la educación de una madre. De una madre coraje.  Por muchas lunas que pasen no podré agradecerle todo lo que hizo por mí. Por muchos soles que nazcan, mi deuda será eterna.

(Este relato está dedicado a todas las madres del mundo que tuvieron que sacar lo mejor de sí mismas para poder salir adelante y poder criar a sus vástagos, sobre todo sin la figura paterna, por distintos motivos. Mi reconocimiento y admiración).

(Este relato ha sido publicado en el diario digital www.linares28.es )

lunes, 4 de mayo de 2015

MAS ALLÁ DE LA DISTANCIA

Si pudiéramos preguntarle – viajando en la máquina del tiempo – a Aquiles, Hércules, Alejandro Magno o a Alatriste, el espadachín del siglo XVII de Pérez- Reverte, por sus madres, estoy convencido de que más de una lágrima dejarían correr por sus aguerridas facciones, llegando a empapar unos pies viajeros y luchadores, unos fornidos y apuestos valientes detrás de los cuales se escondía una madre fiel que los quería más allá de distancia que les separara.


Porque cuando hablamos de madre e hijos, todos y digo bien, todos tenemos nuestra deuda pendiente. Y quizás no podamos pagarla en esta vida lo suficiente, y dejarle al barquero una moneda, para cuando nos recoja el vaivén del tiempo y acudamos prestos raudos a su encuentro eterno, un encuentro para siempre y por siempre, podamos abrir nuestros corazones de par en par, porque la vida es amor y el chip de la vida es el corazón.


Sus arrugas muestran nuestros disgustos. Sus prisas luchan por nuestros anhelos. Sus manos van cincelando nuestro futuro. Sus pies no paran quietos – ni aún durmiendo – porque creen que pierden el tren del progreso de sus vástagos. Su hambre conformó nuestro menú. Y su alegría esculpió – como Miguel Ángel a su David en mármol – nuestra deuda para con esos labios que nunca, y digo nunca, dejarían de sonreír viendo a sus hijos crecer y hacerse hombres y mujeres de bien.


Y como Aquiles recibió los consejos de su madre, viéndole partir hacia Troya y hacia la eternidad, sabiendo que no volvería a verlo con vida, nosotros partimos hacia la vida sin el cascarón de sus consejos y protección, cruzamos los mares y embestidas que nos tiene reservado el mañana, aunque confiamos que cuando el domingo amanezca ella siempre esté dispuesta a abrazar al hijo que emigró, al hijo que partió al frente, a la hija que busca su lugar en la vida justo al otro lado del mundo, porque más allá de la distancia, el amor de un hijo a su madre es inviolable, es duro como el mármol de Carrara, es inquebrantable como un contrato a perpetuidad, ese amor es incorregible y además aporta un extra de virtud a tu vida, aporta una estabilidad a tu corazón que nunca, pase el tiempo que pase, podrá borrarse del fondo del alma, porque lo que quedó sellado a fuego, a fuego muere.


Gracias a todas las madres, pero gracias a mi madre, porque el lacre del contrato que firmamos hace 40 años aún huele a cariño y a amor, al amor que me entregaste sin pedir nada a cambio, y que yo hoy te devuelvo con la confianza de que sepas que madre no hay más que una y que TE QUIERO.


Con mi amor eterno, que a fuego quedó sellado, 3 de mayo 2015

domingo, 4 de mayo de 2014

Una Madre o la abnegación del Amor



UNA MADRE o la ABNEGACIÓN DEL AMOR    

Quizás no haya un vínculo mayor que el que teje una madre con su hijo o con su hija durante 9 meses en el seno materno. Ese poderoso sedal de pasta de amor y esperanza lo une a la vida con la convicción de que su vida cambiará para siempre. Con la pretensión de ver crecer ese diminuto latido hasta convertirse en el aceite que engrase el motor de una vida, en el leif motiv que alienta desde los primeros instantes. 

Ese momento – doloroso y a veces traumático – que es dar a luz un hijo no puede ser experimentado en un laboratorio, para saber si realmente la naturaleza prodiga una excelsa unión filio-maternal tan rocosa como bella, entre una madre y un hijo, entre una hija y su anciana madre. Por ello, sin tener todas las cartas en la mano, intentaré sofocar esos aspavientos curiosos con la prosa más sincera, con la conciencia libre para manifestar lo que pienso.

Si un hijo tiene un deber para con su padre, es inconmensurable la deuda que contrae con una madre, justo en el momento de ser concebido. Pues todo el universo se contrae a un ser inexistente, a un proyecto de vida, a una amalgama de sentimientos y deseos, que se van materializando en un ser que con el paso del tiempo, va tomando forma y va exigiendo responsabilidades desde el útero materno. Si no fuera por los cuidados, por los desvelos, por las noches en vela, por todos los sacrificios que la madre debe de afrontar en los primeros años, los atletas – que luego ganan en el Olimpo las medallas – solo serían ganaderos corriendo delante de las vacas; Si no fuera por todos los sudores desparramados en el tránsito de la vida fetal a la vida real, muchos se hubieran ahogado con los cordones de sus zapatillas. 

Por ello, una madre firma ante notario su compromiso at aeternam. Firma con su propia sangre derramada, que cualquier viento, luz, gota de lluvia o rayo de sol se estrellará contra el mejor de los escudos; firma con su puño y letra que no habrá sueño sin sueño del infante, que no habrá descanso sin reposo del guerrero, que no habrá paz sin la felicidad del ser engendrado. Porque – incluso para Aquiles – una madre siempre fue el último refugio, la última esperanza, la más fiel aliada, siempre fue el apoyo incondicional ante todo y ante todos.

Quizás no valoremos lo suficiente a nuestras madres. Quizás no les otorguemos todos los premios que se merecen. Quizás no les devolvamos todo aquello que nos han dado generosamente. Pero sí debemos de una vez por todas, confiarles un secreto postrero;  nuestro AMOR incondicional, ese que se esconde tras la vergüenza, ese que no es capaz de abrir los labios y gritarlo a los cuatro vientos, ese AMOR que nos atenaza cuando vemos que sufren, cuando les golpea la luz, cuando les moja la lluvia, cuando el viento se lleva su cabellera ondulada, porque ahora en este preciso instante, andan necesitadas de escuderos, de escudos que las protejan de cualquier contrariedad, de todo dolor gratuito, de todo síntoma de cansancio tras la larga vida.

         Una vida  abnegada por sus hijos, por seguir manchando de un pegajoso AMOR a unos hijos – a veces ingratos – que han modelado su existencia, que han dado sentido a su paso por este mundo, unos hijos que sin más dilación deben decirles: GRACIAS.

         Gracias por recibir tanto sin pedir nada a cambio. Gracias por confiar tu suerte a la suerte del infante. Gracias por modelarme – cual escultora en su gabinete – y hacerme como soy. Gracias por tus desvelos, por tus lloros a escondidas suplicando que “ya no puedes más”, por tus manías que hoy resulta que son mis manías, y que me abrieron los ojos a la vida. Gracias por ser como eres. Gracias por quererme. Gracias ISABEL, reina de mi vida y gestora de este  infante, por seguir manchándome con tu amor. ¡¡¡Y que dure muchísimos años!!!